lunes, 23 de mayo de 2011

andar con peso


Camina despacio, con dificultad. La mujer que lo acompaña le alcanza su bastón de tres patas. Usa sobretodo negro y chalina. Su barba es blanca, crecida, se nota que la uso toda la vida. Mira la gente, un poco nomás. Creo que él se siente más observado. Me doy cuenta que debe ser un tipo importante, que seguro algo grande hizo en su vida.
Le dieron un premio, lo pude ver porque le sonó en el sensor del aeropuerto, es de metal, modesto, pero es un premio a la trayectoria. Un poco irónico, que se llame a la trayectoria, cuando le cuesta tanto caminar. La mujer que lo acompaña le hace todo, creo que lo pone un poco incómodo, lo hace sentir un inútil. Como ese bastón que desde hace unos años sus hijos les dijeron que ya no podía dejar de usar, y que lo carga con un poco de bronca.
Pasó a un metro mío.  Lo vi desde que se sentaba en esa silla. La gente se abre para que pase. Él es preferencial, pero no se siente así. Mantiene la mirada fija, quiere ser invisible. Se agarra las manos, y se sostiene la cara que está como aplastada .No pestañea. Tiene los ojos brillantes como los hombres de esa edad. Yo también tengo los ojos brillantes, pero no como lo gente de su edad.

viernes, 20 de mayo de 2011

miedo.


¿Qué hace que siguas durmiendo al lado de un tipo así?  Le dije a Elena, ella me miró. Se le pusieron los ojos brillantes. Pude ver la piedra que le bajaba por la garganta. Se contuvo. Me contuve ¿Qué podía saber yo?, sólo que eso que estaba pasando, no está bien, definitivamente, no está bien. Esa noche tomamos vino y escuchamos a Prodan toda la noche. A veces se olvidaba de lo que estaba pasando, se alcanzaba a reír de alguna cosa, pero era un ratito. Y le volvía esa mirada. De mierda. De mierda, no por fea… Elena es una mina muy linda. Es de mierda porque su mirada no es feliz. Ella no está feliz. Esta atrapadísima. Encadenada. Sucumbida. ( y todos los sinónimos que se te ocurran) por un tipo que no le hace bien. A nadie le podría hacer bien un bestia así.

Lo único que podía pensar, era cómo haces para dormir al lado de un tipo así. ¿Con qué cara lo miras cuando duerme? ¿De asco? ¿De miedo?, de miedo seguro.

A mi mamá también le tocó casarse con un bestia así, era muy joven me contó. Pero a ella ya no se le llenaban los ojos de lágrimas al contarlo. Sólo de asco, y un poco de poder también. Me contó que un día, sin decir nada a nadie, hizo su bolso, se llevó lo que pudo y cerro con llave el departamento de Vicente López que compartía con un bestia así también, igual que el de Elena.


lunes, 9 de mayo de 2011

María Ansilta


sí, me llamo Ansilta. con T. sí. ¿un diminutivo?...no, no tengo. no me gustan. Ansilta está bien. sí es un nombre raro. pero me llamo así hace (casi) 24 años. para mí ya no es raro. sí cuando era chica no me gustaba, quería llamarme Laurita. hoy odio ese nombre. encima me llamo María Ansilta, como todas las mujeres de mi familia. a veces me gusta María solo, los otro días dije que me llamaba maría. me resultó raro. sentí que la señora decía “pobre chica que nombre más choto que le tocó”. y no señora no me llamo así en realidad, bahh sí, pero no. sí tengo un nombre de mierda, Ansilta, con T, no con D. y sí es raro, de mierda, como quieras, pero a mí me encanta. y tiene miles de años de historia, y es un cordón montañoso, de siete picos, y un río, y una cultura, y el nombre de una marca de ropa y de un barrio, y de una imprenta. y sí, pero también es mí nombre, con él nací. le costó un montón a mi mamá ponérmelo. antes no era tan fácil el trámite en el registro civil cuando le querías poner un nombre “raro” a tu hijo, hoy si le querés poner mara dona, te lo aceptan, sin chistar.
Y bueno sí, es este un post enojado. o más bien, escribo algo que yo quisiera gritarles a todos o quizás me debería poner un cartelito… hola soy Ansilta!, decime Ansilta… y que todos digan hooola Ansilta!. y no tener que firmar cada mail imbécil que mando de mi trabajo imbécil… “beso   an.-”


nota al pie: esto no tiene mayúsculas, las únicas son las de mi nombre, porque en este post es lo único que importa.

domingo, 1 de mayo de 2011










                                 Sí. Llueve...
el cielo gime montones desteñidos
sombras mojadas recogen sus trozos
cavidades barrosas tremendas
mezquinas gotas de agua sulfurada
si bien no sé cómo recojo las masas
de ver si me agita la pálida lumbre
tremendo espesor de perros y gatos
las gotas siguen.




"Agua de Lumbre" Alejandra Pizarnik 1955

miércoles, 27 de abril de 2011

alfeñiques

  
En el ambiente hay olor a alfeñiques. Esos caramelos que compraba mi abuela en El Molino, cuando yo era chica. Siempre tenía varios guardados en los cajones de la cocina, junto con algunas gomitas de eucalipto. El chico sentado al lado mío juega solitario en su teléfono. Más atrás dos hermanos, de siete y ocho años, ella le enseña una coreografía y le explica, a toda voz, cómo mover los brazos así. La señora  de enfrente se parece a esa abuela que se supone conocí y no me acuerdo. Usa lentes ahumados, saco rojo, el pelo corto y mira todo con un aire de desgano, enojo, o cansancio quizás, como todos a esa hora del día. Siempre pienso cuando miro ese tipo de caras, cómo será que se les dibujo esa línea en la boca, como para abajo. Casi dibujada. Serán los años…
Unas paradas más adelante se sube una señora, usa el mismo perfume que usaba mi mamá hace años. Creo que era un Chanel, muy dulce. Tanto que se impregna entre tantos olores y tapa todo lo demás. Ella esta vestida toda de negro, es rubia y usa el pelo largo, pero tomado. Ella también tiene cara triste. Más que de cansada. Seguro estuvo esperando a alguien, que no fue. Como esa señora del Barcelona, estaba sola, en una mesa preparada especialmente para seis personas, se ve que hace rato esperaba. Se está cansando de esperar y se pide una gaseosa,  mira impaciente ese reloj de pared horrible que hay ahí, el mozo le dice que no se impaciente que ya irán a llegar. Le ofrece el teléfono semipúblico que está en el mostrador. No tiene ningún número anotado… se cansa de estar sentada, se pone a charlar con el mozo cerca de la puerta, hacen conjeturas del porqué de la tardanza. Ella se veía que se había preparado para salir de su casa ese sábado. Estaba muy maquillada y con ropa que no es la de todos los días, ni la de ir a Barcelona. Quizás viene de lejos esa gente, pienso. Hasta yo estaba me estaba preocupando ya. Cuando nosotras ya nos terminamos la pizza, ella decide irse. Se pone un saco violeta con hilitos que brillan, bastante espantoso y se disculpa con el mozo por haber tenido que armarle mesa y haberlo hecho esperar.
Qué modos son esos de plantar a una pobre vieja!, nos reímos nosotras. Encima no fue uno solo que la plantó, fueron cinco, mucho peor. Pensar que antes te pasaban siempre esas cosas, cuando no teníamos celular y usábamos número sin el cuatro adelante. Te quedabas en encontrar con alguien y tenias que ir. Si no, llamarle  de un público, de cobro revertido, marcando diecinueve adelante.
Me  fui a dormir pensando en la señora del Barcelona, en lo que habrá hecho cuando llegó a su casa. Seguro se sacó la ropa de salir, se puso una bata o un jogging, se tomó un anisado, quizás unos mates y prendió la tele. Seguramente no buscó ningún número de teléfono para pedir ningún tipo de excusa. Rezó y se acostó sola, pensando que si hubiera estado su marido nada habría sido como fue. Ella llegaba a casa, él escuchaba la radio en el fondo mientras regaba las plantas de noche, porque de día se queman. Le daba un abrazo, le acariciaba el pelo, como estaba medio triste le iba a decir que esa noche estaba muy linda, que menos mal que la habían plantado así volvía a casa temprano. Le convidaba unos mates y un bizcochito.

domingo, 24 de abril de 2011

pensaba que...

En que partes del cuerpo se nos ubica la seguridad a medida que nos pasan los años. 
En que partes del cuerpo deja de haber inseguridad, y pasan a haber aceptaciones.

De repente te encontrás caminando con auriculares y la capucha puesta. Mirando fijo al tipo que se te cruza. Con las manos en los bolsillos y creyendo o queriendo creer que sabias lo que te esperaba.

viernes, 15 de abril de 2011

  Candelaria siempre fue una chica triste. No se podía imaginar su vida de otra manera. Triste. Cada cosa buena que le pasaba, sería seguramente, el anuncio irónico, de algún otro acontecimiento desgraciado y triste.

  Toda su vida giraba en torno a la tristeza, a agrandarse el hueco en el pecho. Se vestía de melancolía, siempre con ropa vieja y de vieja. Se hizo amiga del insomnio, se emborrachaba de mentiras y dormía, siempre, con ella y con su ausencia.

  Caminaba entre la gente sin mirarla, seguramente, sólo se detendría en alguna mirada como la de ella, ausente, gris. Algún día se enamoraba de algún vagabundo, o de otro que toquaba la guitarra en alguna plaza.

  Aquel noviembre, y por esas cosas de la vida, que sólo se entienden a la distancia, le sostuvo la mirada. Quién no era triste, pero sí le gustaba aparentarlo un poco. Se vestía con colores, fumaba y vivía de sus fantasías.

  El se le acercó, quizás atraído por las diferencias y le ofreció un cigarrillo. Ella aceptó sin saber, ni siquiera sospechar, que era lo que estaba aceptando.

  Se fueron conociendo y a medida que pasaban los sábados, ella sumaba algún color, un pañuelo, un collar, un vestido, y hasta alguna sonrisa. Disfrutaban algunas noches juntos, él le escribía canciones, ella le tejía puloveres, él le cocinaba, ella lo adoraba.

  El tiempo seguía pasando, y Agustín seguía viviendo de sus fantasías y Candelaría lo seguía adorando.
Eso era todo.

  Era enero y el invierno más frío en quince años. Ella había hervido unas verduras y lo esperaba en cancanes, como a él le gustaba. El entró a la casa que ya compartían, con sus libros en la mano y la esperanza por el piso. Le dijo que había descubierto que no era real. Que él no era real. Que alguien se lo había inventado. Que ella.

  Lloró, pataleó, rompió sus fotos juntos. Le reprochó verdad. Ella no pudo hacer más que meterse en su cama, bien adentro. Taparse los oídos. Cerrar los ojos. Cerrarse.

  Agustín dió un portazo y salió.

  Candelaria se volvió a vestir de melancolía, a hacerse amiga del insomnio, a emborracharse de mentiras y a dormir con ausencia. Y algunos días, a enamorarse de algún vagabundo.

  Nunca más se miraron. Nunca más se miró con nadie cómo se habían mirado aquel noviembre.

  Se sabe que él siempre la espera, y cuando más la extraña la espía desde alguna esquina. Sabiendo que seguramente ella ya no le busque la mirada, y que quizás, ni siquiera lo reconozca.