sábado, 16 de junio de 2012

 

Era invierno y diciembre y faltaba sólo un día para navidad (hecho que en ese país no tenía la menor relevancia). Llegué cruzando el estrecho de Magallanes en barco. Llovía


Después de varios kilómetros y ciudades y pueblos pequeños y ruta y carteles que no podía descifrar entramos a Marrakech. Eran las 6 de la tarde (creo) y sentí un ruido ensordecedor que venía de la mezquita. Es la hora de la oración. Sus rezos se escuchan por altoparlantes por toda la ciudad. Y ahí estaba yo entrando a "Jamaa el Fna".

Supongo que porque era invierno y llovía el olor de esa plaza-mercado "Zoco" se sentía como algo frío y húmedo y en algunos lugares hediondo, o muy fuerte, rico o simplemente desconocido.  Dátiles (en todas sus clases), frutos secos, orejones, yerba buena, currys, especias, tahines, animales (monos y gallinas sobre todo), inciensos, tabacos, hachís, carne de cordero, té, etc. etc.

Todos esos olores en un lugar atestado de gente, con vapor que se levanta del suelo, entre los puestos de Zoco. Toda esa mezcla que nunca había sentido así de viva, se me presentaba ese diciembre hace ya varios años atrás.

Mientras enumero todo eso, puedo sentir esos mismos olores que ese día conocí así todos juntos y en el marco más lindo posible.

miércoles, 30 de mayo de 2012

memoria odorífera.


"After Life". Kore-Eda Hirokazu. 1998.
                                                

Había algo que había estado ahí siempre. Así como esas cosas que se tienen con total naturalidad, que difícilmente son compartidas o por lo menos entendidas por uno mismo. No lo entendí como una manía hasta que lo compartí, o me lo hicieron saber, ya a esta altura no recuerdo bien el orden de las cosas.
Supongo que hubo momentos en que hubiera deseado no tenerla, pero en general es tan fuerte en mí, que no podría imaginarme sin ella.
El olfato es tan importante en mis memorias que pude hacer un catátalogo personal de olores que remiten a mis memorias. Aromas que se relacionan con personas, lugares, casas, estaciones, años, músicas, de repente podía escribir la historia de mi vida con ellos.
Pienso mucho en esto, investigo, y ¿cómo puede ser que siendo el sentido más directo, el que tiene conexión más rápida con el cerebro, sea el que menos podemos explicar? Si bien hay divisiones olfativas según los componentes químicos que hay en el ambiente y supongo que desde ahí podríamos verlo objetivamente, a la hora de compartir o tratar de explicar un aroma nunca remitimos a objetividades sino a ejemplos que vienen de conocimientos compartidos.  Acaso podría yo explicarle a alguien que nunca sintió el olor a la montaña en San Juan, cómo es. Y siendo parte tan importante de nuestras experiencias es, de hecho, la característica que omitimos cuando compartimos alguna vivencia, a no ser que éste sea muy determinante, por ejemplo, “qué mal que la paso viajando en colectivos porque siempre hay olor a baño y me descompone”.
Es el sentido en el que la gente menos piensa. Pero el que está remitido inmediatamente a nuestra memoria desde las capas más superficiales hasta las más profundas. El que sea el sentido menos compartido lo coloca en un área de misterio e independencia que me atrae profundamente. 
Si pudiera armar una red de aromas de la memoria,  donde cada persona des-tramare  un aroma. Un ejercicio proustiano de memoria y escritura. Un catálogo dónde se hicieran objetivos a través de las memorias de la gente y los conocimientos compartidos. La memoria colectiva, pensando en Ricouer. Un catalogo con el que podríamos viajar por ejemplo a un mercado de antigüedades en Berlin si alguien me pudiera comentar cómo es que huele. Siempre añoré poder guardar un olor de un lugar, por ejemplo el olor que tenía mi casa vieja, quisiera tenerlo conmigo cuando extraño estar ahí. Y así me remito a la memoria de esos olores, a qué es lo que hacía que hubiera esos aromas:  inciensos, libros viejos, pinturas, papeles, mi perra, la manta jachallera del sillón, el jazmín y el retamo del patio, el piano que llevaron desde Buenos Aires. Yo mientras describo a qué olía mi casa puedo ir sintiendo qué son cada uno de ellos y así en conjunto revivir un tiempito en ese pasado.


+Para ver el proyecto y mandarme tu historia odorífera entrá en http://metaforaytraduccion.tumblr.com/

crónica futbolera aunque no es mi fuerte.



En mi primer viaje a la República Oriental vine a ver el Clásico. Se disputan en el Centenario: Peñarol, que hace de local con tres tribunas, contra Nacional, con dos.
Mi conocimiento del balonpie es bastante pobre. Puedo decir que tengo un par de datos aislados: soy de River desde que ganó el Tricampeonato en 1997 y mis primos me convencieron de hacerme gallina; digo que me gusta San Martín porque soy de San Juan y mi hermano es hincha, pero no sé el nombre de ninguno de los jugadores, y un día antes de viajar a Uruguay me enteré que el Centenario fue el primer estadio mundialista.
Llegamos a Montevideo el domingo tres horas antes que empiece el partido y yo no sé los colores de los equipos disputantes. En la entrada a la ciudad nos cruzamos un colectivo con banderas negras y amaillas y dicen: ¡Ahí van los de Peñarol, los sigamos que llegamos al estadio!. O sea Peñarol igual amarillo negro.
Mientras comemos una hamburguesa previa entrada al partido yo pregunto por qué equipo se supone que debería hinchar, me explican que Peñarol es Boca y Nacional, River. Además el DT es el Muñeco Gallardo. Ok, pero mi entrada es para la platea de Peñarol y debo confesar que ahí entre la gente que alentaba al Carbonero yo no estaba tan segura de ser de los otros, y al minuto diez cuando marcan el primer tanto yo salto de mi asiento al compás de los otros plateístas.
Ya grité un gol y me se su canción “Peñarol es así… El orgullo de todo el país”. Además hay un negro que es medio torpe pero resulta ser un crack. Ya está.
Sin embargo “El Bolso” se ve lindo. No paran de arengar un minuto, tienen globos de tres colores perfectamente distribuidos entre las tres bandejas y encima que está ahí Gallardo estos tipos juegan re bien. Cuando meten un gol también lo festejo, pero para adentro. Estoy adelante de una chica que ante su equipo que no hace mucho mérito se pone cada vez más nerviosa y no para patearme el asiento.
La tarde que había empezado soleada ahora nos presenta lluvia, y mucha. Y la hinchada de Nacional entona: “Esta lluvia de mierda no quiere parar (x2)…Es el Manya que no para de llorar”. Creo que ahora soy de Nacional, le digo a mi compañero de banca ante el gol de Piriz que marca el empate 2-2. No sólo porque los del Bolso ahora arengan más que nunca, sino porque los de Peñarol en vez de hacer lo mismo, putean al técnico, al árbitro, a los jugadores y a la mar en coche. Estos de Olimpo son unos amargos. Peñarol. Claro, ya está, encima confundo el nombre del equipo todo el tiempo, no puedo no ser de Nacional y decir: ¡Gol! Ante el gol de Recoba de tiro libre que marca el 3-2.
Los 25 minutos restantes de Peñarol perdiendo fueron llenos de faltas y lesiones y peleas en la popular y en la platea y la lluvia y la gente que enojada se va antes que termine el partido y los últimos 5 minutos de Nacional que terminó ganando con ocho jugadores, me hicieron su hincha y la primera vez que veía un clásico y un partido con tanta gente terminó siendo un viaje de ida al comienzo de mi carrera como plateísta.

lunes, 28 de mayo de 2012

Hace ocho años saqué una foto. La guardo conmigo. No tenía tanto miedo en la mirada. Ni me había dado miedo sacarla.
Hoy sí saqué una foto, y también la guardo conmigo. Si hay miedo en la mirada. Y si me morí de miedo al sacarla.
Ocho años.

lunes, 16 de enero de 2012

un viaje de 5800 km.

Saliendo de la provincia de Buenos Aires y
todavía con la pija parada desde que se levantó,
la mina que viaja con él se la chupa.
A ella le corre flujo que se mezcla con su 
transpiración y el vapor que hay en un auto sin aire
en diciembre.
Él ya larga los primeros chorros de leche. 
Ella los traga y le pide por favor que pare el auto
y se la meta. Fuerte bien fuerte.
Entre el apuro y la calentura se traga un pozo 
y a ella la pija le llega hasta la campanilla. 
Se ahoga y casi vomita. 
Él le pide: cómo me calentaría que me vomites en la pija.

…..

En una YPF de Laboulaye, Mirta cargó 
nafta en vez de gasoil a la Berlingo de su hijo.
Ella grita que dejó una torta en el horno.
El playero replica, 
“acá pasan cosas que son para hacer una película”.

…..


En una vereda de Villa Mercedes, cinco pibes
y una piba toman birra y  merca.
Son las dos y media de la tarde,
y en una hora pasaron tres motos.

……

En la puerta del Club Colegiales, 
que no tiene un escudo, una piba
y un pibe que habían tomado merca,
buscan desesperadamente un baño
porque se están cagando.
En el ACA de la ruta 7, sólo hay dos baños químicos.

….

La muerte viven en El Encón, un 30 de diciembre
a las cuatro de la tarde con 52° a la sombra.
Una señora toma un niño local cual si fuera 
un monito de circo. Lo lava, le regala caramelos 
y un sándwich de milanesa.
La difunta Correa se murió a 80 kilómetros.

……


En un Daewoo modelo 2000 dos pibes de la capital
viajan por la ruta 20. La temperatura de un radiador
que no saben si existe levanta a 60.
En una estación de servicio semi-abandonada toman helado.
Ella viaja en tetas.

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En la Hostería Las Acacias de Vallenar, 
la hija travesti de Franco, el dueño, se pasea 
con el carrito de limpieza moviendo el culo 
cual reina de la primavera.
Ella les regaló un viaje a Buenos Aires a sus padres.
Roberto, su novio de Chañaral la visitará en esos días.

…..

En la Ruta 5 a 100 km. de Copiapó Federico
acaba a 130 km. por hora.

…..

Mezcla de pis, comida andina y olor a chivo: Copiapó.

…..

El hombre salteño con su mujer y sus hijos
espera a que abran el paso de Jama. 
No tiene más plata para el hotel y van a dormir los cinco en el auto.

…..

En el Lago Cejar a 3200 mts de altura
Federico flota en el agua como agarrado de las pelotas. 
Ansilta tiene sal hasta en el culo y llora.

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Sofía tiene 7 años y sabe que lo único 
que va a hacer en su vida es pedir
la llave para ir al baño y atender las mesas 
de un restaurant al paso que tienen su madre y su tía: San Pedro.

…..


Mayra, hermana de Sofía, se gasta su primer sueldo 
cuando su novio, 20 años mayor la llevó a Antofagasta
a comprarse su primer par de sandalias “finas” .

….

En un restaurant de San Pedro una vieja que cuida autos
te pide la comida que te sobra y se la guarda en el bolsillo.

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 En una cola de aduana del norte de Chile, 
dos travestis bolivianos lo miran como si fuera
el último hombre virgen sobre el planeta. 
Veinte metros más atrás una mujer planea
una célula evangelista con su pastor de La Paz.

……

Si viviera aquí me tendría que aprender muchos nombres de árboles: Ansilta en Salta.

…..


*Relatos de ruta con Federico Peretti.

martes, 8 de noviembre de 2011

Compañía


Tiene nombre de ciudad de Europa del este. Es la hermana más grande de cuatro, todos los otros con nombres italianos. Nació y vivió toda su vida en la misma casa. En el mismo barrio, en la misma cuadra.

A los 15 se puso de novia con Alberto, él tenía 17 y tenía una banda de rock. También vivía en la misma cuadra, y era el hermano varón más chico. Cuando ella tuvo 21 se casaron, a los meses llegaría su primer hijo y a los dos años el próximo. Dos varones. Me contó que siempre se sintió un poco sola. Que le hubiera gustado tener una hija mujer, porque son más compañeras.

Nunca nadie fue compañera de ella. Sofía siempre tuvo que ser sostén de la gente que la rodeaba, pero a ella nunca nadie la escuchó o la esperó con unos mates después de la escuela. Toda su vida trabajó en la misma escuela, donde también fueron sus hijos, ahora se jubiló y se aburre un poco.

Jamás pudo tomar decisiones por sí misma, siempre asintió, ni siquiera decidió sobre su separación, Alberto se fue cuando quiso y volvió cuando quiso. Todavía le sigue cocinando pasta los domingos, aunque hagan casi veinte años que están separados.

Su único vicio es el juego, el de Alberto es el alcohol, que es bastante peor. Ella juga todos los días a la quiniela, tiene sus cábalas y se sabe los números de las patentes de los autos de la gente que conoce, entre ellos sus vecinos. Se levanta a las nueve de la mañana, antes de ir a hacer las compras va a la quiniela. A la noche vuelve antes de que cierre y cuando puede y sus hijos no le cambian el canal ve los resultados por la tele, sino se va a su pieza y pone la radio. El único canal que sus hijos no le pueden cambiar es el de fútbol, cuando juega Racing. Ahí hasta las vecinas saben que a Sofía no se la puede molestar. Su hermana va todas la noches a tomar mate, a veces también se cruza Mabel, la vecina, que desde que se jubiló, enviudó y sus nietos se fueron a vivir lejos, se quedó un poco sola. Sofía les ceba mate hasta las 3 de la mañana. Yo no creo que sean su compañía, porque ella siempre las escucha, pero a ella no.

Una tarde que estábamos las dos solas, tomamos mate y me contó que una vez sí tuvo a alguien que la escuchó y la quiso. Fue unos años después que Alberto se fue, esos años que no supimos nada él, hasta que después volvió como si nada. A Carlos lo conocí en una de las reuniones del partido, yo la verdad que no me interesaba tanto militar, sólo seguía yendo por si tenían noticias de Alberto. Carlos era una persona de bien, trabajador, viudo y con una hija que vivía en el exterior, siempre me saludaba muy gentil y una noche, después de una reunión en el partido, me invitó a tomar un cafecito. Nuestros encuentros siempre fueron así, muy respetuosos, de charlar largo y tendido, siempre me imaginaba cómo hubiera sido mi vida si lo hubiera conocido de jovencita y no me hubiera casado con Alberto, que al final fue más un clavo en el zapato que otra cosa, porque yo sé que es buena persona, pero siempre fue tan problemático, y esa bebida que lo tiene atrapado y la vagancia… Una noche Carlos me invitó a su casa, vivía en un departamento, frente a la plaza. Él cocinó una carne al horno, y yo llevé unas masitas para tomar el café. Él me decía: aii Sofía es usted tan linda compañía. Nunca nadie me había dicho eso, nosé si alguna vez alguien se había percatado de que yo era una compañía. Ni siquiera mi hermana o Mabel. Carlos me hacía sentir una señora importante, y no hablo de lujos o regalos caros, hablo de valorar que lo escuche, valorar nuestros silencios, o una caricia cuando me daba cuenta que la estaba necesitando. Los dos nos habíamos sentido tan solos en este mundo, que tenernos el uno al otro, así en nuestra humildad,  en nuestro café con macitas, nos daba felicidad. Él me había hecho sentir una mujer, cosa que con Alberto nunca me pasó, porque siempre fui una cornuda consciente, y sí, te lo cuento así porque no me da vergüenza, pero el siempre con mujeres, con las drogas, el vicio, y yo siempre en la casa, con los nenes. Nunca me hizo sentir deseada, vos me entendés nena lo que te digo, ya sos grande.

Me cuenta que con Carlos se vieron así todo un invierno, hasta que la segunda semana de agosto, unos días después de su cumpleaños, él faltó a la reunión del partido, donde usualmente se veían. Esperó su llamado toda la semana y no tuvo noticias. Las semanas siguientes pasaron y ella seguía sin saber nada él. El teléfono de su casa estaba fuera de servicio, y no tenía confianza con la gente del partido para preguntarles, se supone que ella era la mujer de Alberto. Un día de finales de septiembre, escucha al pasar que estaban hablando de Carlos. Se acerca y Julio un muchacho del partido, contaba que se había enterado de pura casualidad que Carlos Borgatello había fallecido. Que se enteró por un conocido de él, que también está en el rubro de la imprenta. Según dicen estaba enfermo, de un cáncer fulminante y no se había hecho tratar.

Yo no puedo hacer otra cosa que cebarle un mate. Y acompañarla por un rato.

Sofía sigue cuidando a sus hijos varones, les prepara la comida para el trabajo, los incita a que estudien, al mayor le pide que se aleje de la bebida y de esos amigos que tiene que sabe que no le hacen bien, ella en el fondo reconoce a Alberto en su mirada y le da miedo que termine como él. Los domingos prepara la pasta, y comen los cuatro, porque Alberto sigue viniendo con olor a vino, a sentarse a esa mesa, como si la vida no les hubiera pasado por delante. Y la desesperanza no se pueda remediar con un boleto de quiniela.

Se llama Carlos. Tiene 78 años. Arregla electrodomésticos viejos. Su especialidad son los equipos de música. Le gusta mucho el tango. A los 20 trabajó en la construcción. Nunca se casó, por eso se conserva tan bien, dice. Tuvo cinco parejas en su vida, la que más duró fueron 13 años, me muestra su foto. Baila tango desde el año 48. Su especialidad es la milonga. Ahora tiene una compañera, Tati, son sólo amigos. Ellos también bailan juntos, ella dice que él la hace lucir, que la gente en la milonga se pone de pie para verle los pies. Tati tiene 47, es rubia, y  le escribió una carta donde dice que lo admira, me la muestra. A Carlos le gusta Gardel, Troilo también, pero con Gardel tiene algo especial. Se sabe todos y cada uno de sus tangos, y se los sabe al revés. Pone “Amargura”, en un winco de los sesenta, cada estrofa la repite de atrás para adelante. Me muestra sus fotos de la milonga, y tres diplomas que le dieron por trayectoria. También unas tarjetas de cumpleaños, la carta de Tati, y recortes de diario donde alguna vez salió su foto. También una revista, donde escriben en inglés: acá salgo con mis tres amigos de toda la vida, en un café de San Juan y Boedo. En esta nota dice todo como yo lo dije, la periodista, una chica jovencita que no sabía mucho de tango, puso tal cual lo que le conté, porque lo grababa.

Son las seis y cuareta y yo me tengo que ir porque llego tarde, Carlos me quiere seguir mostrando sus pequeños tesoros y hasta me ofrece mate. Entran otros clientes y puedo zafar, me da una tarjeta y me pide que vuelva.