lunes, 28 de mayo de 2012

Hace ocho años saqué una foto. La guardo conmigo. No tenía tanto miedo en la mirada. Ni me había dado miedo sacarla.
Hoy sí saqué una foto, y también la guardo conmigo. Si hay miedo en la mirada. Y si me morí de miedo al sacarla.
Ocho años.

lunes, 16 de enero de 2012

un viaje de 5800 km.

Saliendo de la provincia de Buenos Aires y
todavía con la pija parada desde que se levantó,
la mina que viaja con él se la chupa.
A ella le corre flujo que se mezcla con su 
transpiración y el vapor que hay en un auto sin aire
en diciembre.
Él ya larga los primeros chorros de leche. 
Ella los traga y le pide por favor que pare el auto
y se la meta. Fuerte bien fuerte.
Entre el apuro y la calentura se traga un pozo 
y a ella la pija le llega hasta la campanilla. 
Se ahoga y casi vomita. 
Él le pide: cómo me calentaría que me vomites en la pija.

…..

En una YPF de Laboulaye, Mirta cargó 
nafta en vez de gasoil a la Berlingo de su hijo.
Ella grita que dejó una torta en el horno.
El playero replica, 
“acá pasan cosas que son para hacer una película”.

…..


En una vereda de Villa Mercedes, cinco pibes
y una piba toman birra y  merca.
Son las dos y media de la tarde,
y en una hora pasaron tres motos.

……

En la puerta del Club Colegiales, 
que no tiene un escudo, una piba
y un pibe que habían tomado merca,
buscan desesperadamente un baño
porque se están cagando.
En el ACA de la ruta 7, sólo hay dos baños químicos.

….

La muerte viven en El Encón, un 30 de diciembre
a las cuatro de la tarde con 52° a la sombra.
Una señora toma un niño local cual si fuera 
un monito de circo. Lo lava, le regala caramelos 
y un sándwich de milanesa.
La difunta Correa se murió a 80 kilómetros.

……


En un Daewoo modelo 2000 dos pibes de la capital
viajan por la ruta 20. La temperatura de un radiador
que no saben si existe levanta a 60.
En una estación de servicio semi-abandonada toman helado.
Ella viaja en tetas.

….

En la Hostería Las Acacias de Vallenar, 
la hija travesti de Franco, el dueño, se pasea 
con el carrito de limpieza moviendo el culo 
cual reina de la primavera.
Ella les regaló un viaje a Buenos Aires a sus padres.
Roberto, su novio de Chañaral la visitará en esos días.

…..

En la Ruta 5 a 100 km. de Copiapó Federico
acaba a 130 km. por hora.

…..

Mezcla de pis, comida andina y olor a chivo: Copiapó.

…..

El hombre salteño con su mujer y sus hijos
espera a que abran el paso de Jama. 
No tiene más plata para el hotel y van a dormir los cinco en el auto.

…..

En el Lago Cejar a 3200 mts de altura
Federico flota en el agua como agarrado de las pelotas. 
Ansilta tiene sal hasta en el culo y llora.

…..

Sofía tiene 7 años y sabe que lo único 
que va a hacer en su vida es pedir
la llave para ir al baño y atender las mesas 
de un restaurant al paso que tienen su madre y su tía: San Pedro.

…..


Mayra, hermana de Sofía, se gasta su primer sueldo 
cuando su novio, 20 años mayor la llevó a Antofagasta
a comprarse su primer par de sandalias “finas” .

….

En un restaurant de San Pedro una vieja que cuida autos
te pide la comida que te sobra y se la guarda en el bolsillo.

…..

 En una cola de aduana del norte de Chile, 
dos travestis bolivianos lo miran como si fuera
el último hombre virgen sobre el planeta. 
Veinte metros más atrás una mujer planea
una célula evangelista con su pastor de La Paz.

……

Si viviera aquí me tendría que aprender muchos nombres de árboles: Ansilta en Salta.

…..


*Relatos de ruta con Federico Peretti.

martes, 8 de noviembre de 2011

Compañía


Tiene nombre de ciudad de Europa del este. Es la hermana más grande de cuatro, todos los otros con nombres italianos. Nació y vivió toda su vida en la misma casa. En el mismo barrio, en la misma cuadra.

A los 15 se puso de novia con Alberto, él tenía 17 y tenía una banda de rock. También vivía en la misma cuadra, y era el hermano varón más chico. Cuando ella tuvo 21 se casaron, a los meses llegaría su primer hijo y a los dos años el próximo. Dos varones. Me contó que siempre se sintió un poco sola. Que le hubiera gustado tener una hija mujer, porque son más compañeras.

Nunca nadie fue compañera de ella. Sofía siempre tuvo que ser sostén de la gente que la rodeaba, pero a ella nunca nadie la escuchó o la esperó con unos mates después de la escuela. Toda su vida trabajó en la misma escuela, donde también fueron sus hijos, ahora se jubiló y se aburre un poco.

Jamás pudo tomar decisiones por sí misma, siempre asintió, ni siquiera decidió sobre su separación, Alberto se fue cuando quiso y volvió cuando quiso. Todavía le sigue cocinando pasta los domingos, aunque hagan casi veinte años que están separados.

Su único vicio es el juego, el de Alberto es el alcohol, que es bastante peor. Ella juga todos los días a la quiniela, tiene sus cábalas y se sabe los números de las patentes de los autos de la gente que conoce, entre ellos sus vecinos. Se levanta a las nueve de la mañana, antes de ir a hacer las compras va a la quiniela. A la noche vuelve antes de que cierre y cuando puede y sus hijos no le cambian el canal ve los resultados por la tele, sino se va a su pieza y pone la radio. El único canal que sus hijos no le pueden cambiar es el de fútbol, cuando juega Racing. Ahí hasta las vecinas saben que a Sofía no se la puede molestar. Su hermana va todas la noches a tomar mate, a veces también se cruza Mabel, la vecina, que desde que se jubiló, enviudó y sus nietos se fueron a vivir lejos, se quedó un poco sola. Sofía les ceba mate hasta las 3 de la mañana. Yo no creo que sean su compañía, porque ella siempre las escucha, pero a ella no.

Una tarde que estábamos las dos solas, tomamos mate y me contó que una vez sí tuvo a alguien que la escuchó y la quiso. Fue unos años después que Alberto se fue, esos años que no supimos nada él, hasta que después volvió como si nada. A Carlos lo conocí en una de las reuniones del partido, yo la verdad que no me interesaba tanto militar, sólo seguía yendo por si tenían noticias de Alberto. Carlos era una persona de bien, trabajador, viudo y con una hija que vivía en el exterior, siempre me saludaba muy gentil y una noche, después de una reunión en el partido, me invitó a tomar un cafecito. Nuestros encuentros siempre fueron así, muy respetuosos, de charlar largo y tendido, siempre me imaginaba cómo hubiera sido mi vida si lo hubiera conocido de jovencita y no me hubiera casado con Alberto, que al final fue más un clavo en el zapato que otra cosa, porque yo sé que es buena persona, pero siempre fue tan problemático, y esa bebida que lo tiene atrapado y la vagancia… Una noche Carlos me invitó a su casa, vivía en un departamento, frente a la plaza. Él cocinó una carne al horno, y yo llevé unas masitas para tomar el café. Él me decía: aii Sofía es usted tan linda compañía. Nunca nadie me había dicho eso, nosé si alguna vez alguien se había percatado de que yo era una compañía. Ni siquiera mi hermana o Mabel. Carlos me hacía sentir una señora importante, y no hablo de lujos o regalos caros, hablo de valorar que lo escuche, valorar nuestros silencios, o una caricia cuando me daba cuenta que la estaba necesitando. Los dos nos habíamos sentido tan solos en este mundo, que tenernos el uno al otro, así en nuestra humildad,  en nuestro café con macitas, nos daba felicidad. Él me había hecho sentir una mujer, cosa que con Alberto nunca me pasó, porque siempre fui una cornuda consciente, y sí, te lo cuento así porque no me da vergüenza, pero el siempre con mujeres, con las drogas, el vicio, y yo siempre en la casa, con los nenes. Nunca me hizo sentir deseada, vos me entendés nena lo que te digo, ya sos grande.

Me cuenta que con Carlos se vieron así todo un invierno, hasta que la segunda semana de agosto, unos días después de su cumpleaños, él faltó a la reunión del partido, donde usualmente se veían. Esperó su llamado toda la semana y no tuvo noticias. Las semanas siguientes pasaron y ella seguía sin saber nada él. El teléfono de su casa estaba fuera de servicio, y no tenía confianza con la gente del partido para preguntarles, se supone que ella era la mujer de Alberto. Un día de finales de septiembre, escucha al pasar que estaban hablando de Carlos. Se acerca y Julio un muchacho del partido, contaba que se había enterado de pura casualidad que Carlos Borgatello había fallecido. Que se enteró por un conocido de él, que también está en el rubro de la imprenta. Según dicen estaba enfermo, de un cáncer fulminante y no se había hecho tratar.

Yo no puedo hacer otra cosa que cebarle un mate. Y acompañarla por un rato.

Sofía sigue cuidando a sus hijos varones, les prepara la comida para el trabajo, los incita a que estudien, al mayor le pide que se aleje de la bebida y de esos amigos que tiene que sabe que no le hacen bien, ella en el fondo reconoce a Alberto en su mirada y le da miedo que termine como él. Los domingos prepara la pasta, y comen los cuatro, porque Alberto sigue viniendo con olor a vino, a sentarse a esa mesa, como si la vida no les hubiera pasado por delante. Y la desesperanza no se pueda remediar con un boleto de quiniela.

Se llama Carlos. Tiene 78 años. Arregla electrodomésticos viejos. Su especialidad son los equipos de música. Le gusta mucho el tango. A los 20 trabajó en la construcción. Nunca se casó, por eso se conserva tan bien, dice. Tuvo cinco parejas en su vida, la que más duró fueron 13 años, me muestra su foto. Baila tango desde el año 48. Su especialidad es la milonga. Ahora tiene una compañera, Tati, son sólo amigos. Ellos también bailan juntos, ella dice que él la hace lucir, que la gente en la milonga se pone de pie para verle los pies. Tati tiene 47, es rubia, y  le escribió una carta donde dice que lo admira, me la muestra. A Carlos le gusta Gardel, Troilo también, pero con Gardel tiene algo especial. Se sabe todos y cada uno de sus tangos, y se los sabe al revés. Pone “Amargura”, en un winco de los sesenta, cada estrofa la repite de atrás para adelante. Me muestra sus fotos de la milonga, y tres diplomas que le dieron por trayectoria. También unas tarjetas de cumpleaños, la carta de Tati, y recortes de diario donde alguna vez salió su foto. También una revista, donde escriben en inglés: acá salgo con mis tres amigos de toda la vida, en un café de San Juan y Boedo. En esta nota dice todo como yo lo dije, la periodista, una chica jovencita que no sabía mucho de tango, puso tal cual lo que le conté, porque lo grababa.

Son las seis y cuareta y yo me tengo que ir porque llego tarde, Carlos me quiere seguir mostrando sus pequeños tesoros y hasta me ofrece mate. Entran otros clientes y puedo zafar, me da una tarjeta y me pide que vuelva.

viernes, 4 de noviembre de 2011

de las salas de espera.



Qué lindo eso que estas haciendo. ¿Qué es? Algo para la playa, para el mate. Qué divino me encanta, yo me casé con ese color. Zapatitos al tono, era tan joven. Qué envidia como tejes, a mi me duelen tanto los huesos, con esta artrosis que tengo, me la descubrieron hace dos años cuando me caí de la bici. Aa, yo también tengo eso, pero voy a unas camillas de rehabilitación que son gratis, del gobierno. No, no, a mí me gusta salir a caminar con mi marido. ¿Sos de Aries vos? No de Capricornio.

Atrás mío una señora que habla hace 35 minutos por celular. Su hijo Federico, el mayor, de 18 años el sábado salió a la casa de la Yesi, con la Nadia, su novia. Parece que no se privaron de nada, que eso que hicieron era una orgía. Federico volvió a las ocho de la tarde del domingo a su casa. Ella como es provinciana, de esas del puchero, el guiso y el plato lleno, les preparó una carne al horno para él y sus amigos.

Ella está con su hija, que se quiere robar un lugar. Cuando el toca el momento de anotarse para el turno, se arma la pelea. Todas las señoras hablan con la S, así como muy pronunciada, y medio que se jactan de sus enfermedades para tratar de conseguir un lugar. Todas gritando hasta que esa que iba con su hija grita: pero yo tengo cáncer. Silencio. Su hija llora, nosé si por eso o por vergüenza. La otra se da vuelta, me mira y me dice, seguro que le dio cáncer por perra. Yo asiento, entre asustada y cómplice. Pero Martha, la señora que está un lugar antes que yo, esa que tenía artrosis, le dice: aii nena, no la pelees no le vistes los brazos que tiene, Bonavena parece.

miércoles, 26 de octubre de 2011


Ese día se empezó a vislumbrar como un gran final. A veces pienso que fue también, un gran comienzo para otras cosas que vendrían. Sólo que a esos grandes comienzos sólo los entendería con varias horas de terapia.

Era octubre y había sido el día de la madre el fin de semana anterior. Ese domingo habíamos estado en la casa de mi tía, y yo había hecho una mousse de dulce de leche. No tengo muy claro si ese día fue un miércoles, o un jueves, sí me acuerdo que mi viejo estaba en la facultad dando clases. Yo estaba en mi pieza estudiando para el último parcial de antropología.

Mi mamá había salido, al hiper (ese supermercado pseudo shopping) que acostumbra, todavía a ir casi todas las siestas de su vida. A veces se toma un cafecito, a veces vueltea. Creo que, como a mí, el clima de siesta de esa ciudad la altera un poco. Tenía un pantalón de jean blanco y una remera blanca. Que no es algo fácil de olvidar, no sólo porque contrasta mucho con el color de su piel, sino por lo que pasó ese día.

Escuché que venía el auto de lejos, ya que el ruido de su motor es inconfundible, y  que la estacionada fue un poco violenta. A esas horas de la siesta, y en un barrio como el de mi madre, llama bastante la atención. El portón que se cerró violentamente, a lo que salté de la silla del escritorio, para ver que estaba pasando. Cuando la vi. El rojo de la sangre, ese rojo oscuro, le llegaba hasta las rodillas, desde su entrepierna. Lo primero que pensé es en una menstruación, lo que descarté de inmediato por tamaña cantidad de sangre. Su cara estaba pálida, alcanzó a tirarse en la cama, para desmayarse inmediatamente. Yo sola. Llamé a la ambulancia, después a mi tía. Lo que viene después lo tengo un poco desordenado, sé que fuimos a un sanatorio, que yo manejé. Y mi mamá fue sola en la ambulancia. Que mi papá llego al rato, y hasta creo que yo lo llamé a la facultad. Que de repente, en esa sala de espera estábamos todos los que habíamos estado ese domingo, con cara de velorio.

Por suerte no hubo velorio. Sí una operación, muchas peleas, un primer año de facultad que terminó sin demasiadas emociones, una navidad que llegó, de nuevo a la casa de mi tía, un viaje al sur. Y una mudanza.

sábado, 8 de octubre de 2011



Mi primer escritorio me lo regalaron cuando tenía seis, no me acuerdo bien quién. Pero era redondo, con sillita de yute. Siempre me gustó dibujar, nosé si por copiarle a mi papá que dibujaba en su escritorio, o porque es una típica actividad de un hijo único sin hermanos para molestar. Cada vez que mi papá volvía de viaje el regalo obligado era una caja de lápices o un cuaderno y una caja de alfajores, obvio. Nunca me voy a olvidar cuando me trajo mis primeros Caran d’Ache, una lata roja de 24, con la bandera suiza y una paisaje suizo, seguro, en la tapa. Todavía vivíamos en la casa de la calle Ameghino y por esos tiempos mi papá vivía entre San Juan y Paraguay. Yo invité a mis amigos del barrio a mi casa a dibujar y cuando veía que alguno apretaba mucho el lápiz, lo retaba.

Después de esa casa nos fuimos a vivir con mi abuela, ahí no tuve escritorio, la mesada de la cocina funcionaba como tal. Me gustaba usar el banquito de madera, ese que cuando venía mi tío, era exclusivo de él. Yo dibujaba en la cocina mientras la Ema miraba novelas. Le prometí que cuando sea una artista famosa la llevaba al Caribe.

En mis años de adolescencia, de mi pieza azul, no tuve escritorio. Pero usaba una cómoda para estudiar. Creo que en esos años no dibujé mucho. Creo también que no volvería a esos años jamás.

Ya a los diecisiete, cuando empecé la facultad mi papá me dio uno de sus tableros. El mismo que me acompañó hasta hace unos meses atrás. Tablero blanco, patas rojas. Primero estuvo en esa pieza azul, donde tuve que sacar una de las camas para invitados para que entrara. Estaba en una esquina de la pieza, y ahí estaba yo todo el día. Ya al año siguiente me mudé a mi casa. Con el tablero muy manchado de pintura, que también servía cuando venía algún compañero a estudiar. En el 2008 mi papá me regaló una computadora y sirvió para eso.

Ese quedó contra una pared blanca, que tenía dos repisas más arriba. Una con un cuadro del mar que hizo mi hermano, y otra con cajitas, piedras, portarretratos, cosas y cositas. Antes tenía más cosas, ahora ya no guardo tanto. Fotos blanco y negro de un lado, fotos de la familia al lado, y postales de obras del otro. Para dibujar tuve que buscar otro escritorio. Y mi mamá me dio  una mesa plástica de jardín, que se movía si la mirabas fijo, pero servía para su fin.
Al poco tiempo mi papá me dio otro tablero que tenía guardado en su oficina. Éste era el más grande que tuve. De madera, todo blanco. Ese sirvió de escritorio de dibujo, de estudio y de mesa de comer. Ese también lo tuve hasta hace algunos meses. Ahora está desarmado guardado con otras tantas cosas mías que descansan en cajas en la casa de mi mamá.

Ahora tengo un escritorio que me regaló Fede. Es de madera y chiquito como el lugar donde vivo. Y es perfecto. Y aquí dibujo, estudio, escribo y tomo mate. Me di cuenta que extrañaba tener un escritorio, un par de centímetro cuadrados que sólo son para hacer esas cosas que más me gusta hacer. Un lugar donde al sentarme me dan ganas de hacer cosas. Y me hace feliz.